Diario de un crucero
Son las 7:15 y
estoy dando vueltas con mi familia por el puerto de una ciudad italiana, cuyo
nombre es impronunciable: "Civitavecchia", creo que se escribe así.
Aunque me
encuentro en un puerto italiano y al pie de las montañas, no soy Marco, ni estoy buscando a mi madre.
Me llamo Angel y busco el autobús que contraté, por internet, desde mi casa.
Acabo de bajar del “Adventure of the Sea”, una mole flotante con 14 plantas,
ascensores, teatro, pista de patinaje sobre hielo, piscinas, jacuzzi… una
pasada.
Los autocares de
las excursiones que organiza el crucero están delante del barco, los otros
autobuses están retirados, la diferencia en el precio es sustancial, algún
inconveniente debía de tener. Al fin localizamos al nuestro.
Rumbo a la Ciudad Eterna, al corazón de una de las
civilizaciones más antiguas, la ciudad que posee la concentración mayor de
bienes históricos y arquitectónicos del mundo.
Yo busco sacar fotos originales, de rincones, faroles, letreros... y apunto en el sentido contrario que los demás...
Pero quién es el que se viene de Roma sin una foto del Coliseo o del Arco de Trajano. Más difícil todavía, quién es capaz de hacer una foto sin que se te cruce un grupo de turistas, un señor con una gorra roja o una señorita con una vicera, o unos japoneses con un "camarón de fotos" que te hace sentir ridículo.
Los otros rincones que nadie o poca gente fotografía, son edificios, esquinas, iglesias sin importancia...
A quién se le ocurre, intentar ver Roma en unas horas. La guía nos alquila unos auriculares inhalámbricos conectados a una radio, que llevamos todos, como borreguitos colgada del cuello. Tras las primeras explicaciones, ya nadie escucha la voz monótona de la guía, y los cables se relían con la correa de la cámara cada vez que quiero hacer una foto.
Voy fotografiando algunos detalles, cuando de repente me fijo en un romano que contempla el espectáculo desde lo más alto del arco, en que estaría pensando: "esto ya no es lo que era... cuánta gente, autobuses, banderitas, negros y moros vendiendo souvenir..."
Y junto al romano una inscripción "IGNORANTUM GUIRIS"
Y el último grito... hazte foto con un romano, como hacerse fotos con un torero cuando vienen a España.
Aunque los trajes de los romanos de la Semana Santa malagueña son más esplendorosos.
Seguiré...
Yo busco sacar fotos originales, de rincones, faroles, letreros... y apunto en el sentido contrario que los demás...
Pero quién es el que se viene de Roma sin una foto del Coliseo o del Arco de Trajano. Más difícil todavía, quién es capaz de hacer una foto sin que se te cruce un grupo de turistas, un señor con una gorra roja o una señorita con una vicera, o unos japoneses con un "camarón de fotos" que te hace sentir ridículo.
Los otros rincones que nadie o poca gente fotografía, son edificios, esquinas, iglesias sin importancia...
A quién se le ocurre, intentar ver Roma en unas horas. La guía nos alquila unos auriculares inhalámbricos conectados a una radio, que llevamos todos, como borreguitos colgada del cuello. Tras las primeras explicaciones, ya nadie escucha la voz monótona de la guía, y los cables se relían con la correa de la cámara cada vez que quiero hacer una foto.
Voy fotografiando algunos detalles, cuando de repente me fijo en un romano que contempla el espectáculo desde lo más alto del arco, en que estaría pensando: "esto ya no es lo que era... cuánta gente, autobuses, banderitas, negros y moros vendiendo souvenir..."
Y junto al romano una inscripción "IGNORANTUM GUIRIS"
Y el último grito... hazte foto con un romano, como hacerse fotos con un torero cuando vienen a España.
Aunque los trajes de los romanos de la Semana Santa malagueña son más esplendorosos.
Seguiré...
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