17/06/2013

La algarabía de mi patio


 
El crepúsculo me ofrece un cielo despejado. El día mengua y aparece la luna creciente. Un carrusel continuo y ruidoso de vencejos vuelan de acá para allá. Una treintena de pájaros efectúan piruetas, giros imposibles, vuelos circenses a toda velocidad, esquivando antenas y tejados, en apenas setenta metros cuadrados, y milagrosamente no colisionan, a pesar del colapsado tráfico aéreo.

Se apresuran para regurgitar la última comida del día a sus crías, que esperan pacientemente en los huecos de las tejas. Después, suben hasta dos mil metros de altura y a dormir. Estas aves pueden pasar hasta nueve meses volando ininterrumpidamente, duermen, se alimentan, incluso copulan en el aire.

La oscuridad y el silencio van invadiendo el patio y las luces solares van prendiendo una tras otra, conforme avanza la penumbra. Las salamanquesas emiten imperceptibles sonidos guturales, y salen de sus escondrijos en busca de comida, escalando por las paredes blancas, con nocturnidad y alevosía.

Llega la hora de los aviones “no comunes”, pájaros de aceros, con sus innumerables variedades de subespecies: Ryanair, Monarch, Iberia, Air Europa, Lufthansa, British Airways…

Vuelan muy alto, espaciados en el tiempo, con rumbo y coordenadas fijas y con luces intermitentes. El ruido de los motores, muy lejano y monótono, se instala por unos momentos en mis oídos.

La luna continua su paseo por el cielo, ya no la veo. La oscuridad enfatiza el brillo de las estrellas, y para mi satisfacción, reconozco a la Osa Mayor. La noche es agradable, sin viento y fresca. Cierro los ojos, pero me cuesta conciliar el sueño, han sido tantas visitas. Espero, ansiosamente, al amanecer y al carrusel de vencejos, la algarabía de mi patio.
 

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