sábado, 21 de diciembre de 2013

Al Niño Jesús

 
En una noche fría de Diciembre, tú apareciste en mi patio, entre las plantas aromáticas, mi rincón preferido. Sobre unos retales celestes, como reflejo del cielo, en una canastilla de mimbre, entre palitos de morera, pataleabas risueño. Un intenso aroma a romero flotaba en el aire cada vez que agitabas la ramita en tu mano derecha.
Tu llegada me hace plantear cuestiones sobre el sentido y la finalidad de la vida.
Creer es un acto humano, consciente y libre. La fe es la confianza, el buen concepto de algo o de alguien.
Por eso quiero creer en las personas de buena fe, honradas, sencillas, llanas, que no llevan maldad en sus actos, sinceros, y honestos consigo mismo y con los demás.
En las personas íntegras, incorruptibles ante el poder y el dinero.
Desde este humilde patio contemplo la vida en las plantas y en los pájaros, y de ellos recibo una lección cada día.
Las fragancias de la menta, el incienso, el anís, la hierbabuena, el romero, lavanda y toronjil.
Los sabores de pimientos, lechugas, tomates y mandarinas.
La vista, los colores de las flores y plantas, verdes, lilas, rojos, naranjas, rosas…
El vuelo de los pájaros, verlos por el patio en busca de migajas.
Los sonidos, el canto melodioso de los canarios, el incesante piar de los gorriones, el machacón graznido de las tórtolas y la algarabía de los vencejos.
El tacto con la tierra, con el agua de la lluvia, con la suavidad de las hojas, con la aspereza de los troncos, con los pinchazos de los cactus, que bajo su escudo punzante, esconden una flor, la más hermosa del patio, que abrirá tan solo un día para que admiremos su belleza, fugaz y efímera.
El milagro de la vida: la semilla. No hay nada más gratificante que contemplar el nacimiento de una planta o de un árbol, ver como aparece el brote verde de la vida en la negrura de la tierra, como crece y se abre paso en el jardín, como da fruto hasta marchitarse. El ciclo de la vida en unos centímetros de terreno, me enseña de que no hay nada, ni nadie, para siempre.
Yo no quiero que sufras y mueras para redimirme de pecados, yo… ¿Dónde estás?
Se marchó.
 


miércoles, 11 de diciembre de 2013

La Bola Roja


Recién fabricada me trasladaron, junto a mis cinco hermanas, a un espacioso escaparate del “Bazar Esperanza”, una mercería – juguetería en la Urbanización de Las Flores.

Era la navidad del año 1970, y nos expusieron con mucha delicadeza, pues estábamos hechas con vidrio muy fino.

         En pocos días pasamos a una casa del barrio, y nos colocaron a todas en el árbol de navidad. El único peligro para nuestra integridad era Angelito, un niño de cinco años que nos sacudía algún que otro manotazo.

         Yo soy la bola roja, han pasado cuarenta y tres años, mis hermanas, la bola amarilla, verde, azul, blanca y celeste, se hicieron añicos, por golpes y caídas fortuitas, a lo largo de este tiempo.

He compartido navidades con tres generaciones, y cada 8 de Diciembre me sacaban de la caja, envuelta en papel de periódico, con mucha alegría y alboroto, y me colocaban en el árbol de navidad. Los siete de Enero me acurrucaban, de nuevo, en el papel, en la caja de cartón y al mueble de la terraza, hasta el año siguiente.

He sobrevivido a muchos cambios en la moda  de la decoración navideña, moños, perlas, espumillón, colores y texturas… Pero lo inaguantable sucedió hace tres años. No sé de quien partiría la idea, pero compraron unas guirnaldas luminosas con “música”, y me pasé dos semanitas escuchando el “jingle bells”, una y otra vez. Menos mal que se estropeó el mecanismo y callaron para siempre.

Lo primero que ponen es el árbol y desde lo alto, tengo el privilegio de contemplar el montaje del belén. Eso si que es una odisea. Se convierte el salón en un estercolero, restos de tierra, ramas, serrín, corcho, musgo, agua…

En todos estos años, he contemplado auténticas obras de ingeniería belenística, pero la verdadera asignatura pendiente es la obra hidráulica del río. Años de inundaciones porque el agua bajaba muy rápida, con el consiguiente peligro de cortacircuito al contacto con las luces, no exento de electrocutarse alguien. Años de pertinaz sequía, al no llegar suficiente líquido, por el fallo del motor. La cuestión es que siempre se terminaba con el socorrido papel de plata o con espejitos.

Pero lo más divertido, con el consiguiente enfado del padre, era el movimiento nocturno de figuras. Las niñas se levantaban de noche y con la excusa de que estaban cansados de estar en el mismo sitio, ejecutaban el movimiento, apareciendo a la mañana siguiente un camello en el río, el pesebre con el niño Jesús a las puertas del castillo de Herodes, los cisnes en el corral de las gallinas…

El único movimiento fijo es que cada mañana el pastor defecando aparece en medio del portal. A pesar de los intentos del padre por averiguar quien era la autora de tal sacrilegio, a pesar de las amenazas y castigos, las dos hijas juraban y repetían que ellas no habían sido. Os diré un secreto, el autor de dicho movimiento, día tras día, año tras año, es… el abuelo.   

Me he tragado todos los discursos de su Majestad el Rey, las mismas batallitas de la Guerra que contaba el abuelo, los mismos chistes de los cuñados, y villancicos tradicionales: el tamborilero, pero mira como beben, en el portal de Belén, campana sobre campana… interpretados y desafinados por el coro familiar, con singulares instrumentos: botellas de anís, vasos, copas y platos, aporreados por cucharas, cuchillos y tenedores, lo que hacía más desagradable aún, la música tradicional navideña.

Nunca faltaron serpentinas, uvas, brindis, confetis y champagne en Nochevieja. Nadie ha sido capaz de tomarse las uvas sincronizadas con las doce campanadas, comenzaban antes o terminaban después, con algún que otro atragantado por la rapidez y los nervios.

Como por el sur no suele nevar, ni vemos renos, ni trineos, ni tenemos chimeneas, Papá Noel no ha tenido fieles seguidores en esta familia. Con el paso del tiempo el barrio se está degradando, por lo que somos más de camellos.

¡Qué ilusión! Vienen los Reyes Magos, hay que acostarse tempranito. Es un privilegio, desde lo más alto del Árbol, ver la cara de sorpresa y satisfacción de las niñas, recogiendo y abriendo los juguetes. Sorprendidos también los mayores, por esa corbata, calcetines, pañuelos…tan horrorosos,  que nunca pidieron y que jamás se pondrán.

Bueno, ya me va quedando poco para volver a la caja. ¡Hasta las próximas navidades!

PD: Un secreto que no puedo desvelar ¡No os podéis ni imaginar quienes son los Reyes Magos!
 
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