martes, 6 de agosto de 2013

El Kayak y la playa un domingo de agosto


 
Domingo, 4 de Agosto, 8 de la mañana. Mi hija Claudia, Mª Angeles, mi mujer, mi primo Francisco Javier y su kayak, y yo, estamos perfectamente empaquetados en dos coches.

Ponemos rumbo al espigón de la playa de la Misericordia.

Llegada y desembarco, armamos el kayak. Tan solo hay dos o tres toldos y algunos bañistas de edad avanzada.

Estoy algo nervioso, va a ser mi bautizo en kayak. Tras ponerme el chaleco salvavidas, me subo a la embarcación, con menos dificultad de la esperada.

Mi primo se sube detrás y me da unas breves nociones de cómo se maneja el remo.

Cada vez que meto el remo en el agua, freno o cambio la dirección del kayak, por lo que decido dejar de remar y disfrutar de un agradable paseo en la mar.

Mi primo, Francisco Javier, se afana con el remo para hacerse con el rumbo de la embarcación. Tras varias vueltas sin avanzar y bajo la atenta mirada de los pescadores del espigón, se hace con el control y vamos mar adentro.
 
 
Mi mujer, desde el agua, ejecuta con el móvil un reportaje fotográfico del momento, y mi hija Claudia se queda con Tani, nuestra perrita, en la arena de la playa.
Inmersos en la placentera travesía, nos percatamos de la progresiva afluencia de domingueros. No se ven nuestras pertenencias, ni a Claudia, han colocado un toldo delante, otro detrás, y otros muchos más a su alrededor.
Asistimos perplejos a un intento de ahogamiento de una señora mayor en la orilla, los nervios impedían poner los pies en la arena, y tras recomendarle que se pusiese de pie la mujer dejó de gritar socorro y pudo comprobar que el agua le llegaba por la cintura.
Se suben al kayak mi mujer y mi hija, y sigue llegando gente a la playa.
 
 
 
 
Sentado en la toalla rodeado de toldos, mesas y sillas plegables, neveras… y gente… mucha gente. Se afanan en ocupar el mínimo hueco que va quedando en la playa, en montar sus mega-estructuras playeras-domingueras. Unos, pacientemente, hierro a hierro, con bolsas de tierra para los vientos, otros, con estructuras desplegables más moderna, que con un solo clic rellenan el puzzle de toldos rayados, verdes y azules, en que se ha convertido la playa.
Vienen a por nosotros…una estructura roza nuestras cabezas y en un descuido, disimuladamente, una señora empuja nuestros enseres depositados en la arena.
-         ¡Pero señora!
-         Perdón, me creía que no eran vuestro.
-         Un momentito que ya nos vamos.
Nos tenemos que dar prisa, pues la invasión dominguera apenas deja paso para sacar el kayak del agua y de la playa. Si nos descuidamos tenemos que desembarcar en las playas de Maro, por lo menos, porque en la parte de Gibraltar no está “el horno pa bollos”.
Ya, en el aparcamiento, mientras que cargamos el kayak, son varios los conductores que nos preguntan:
-         ¡Vais a salir!
-         Sí, pero vamos a tardar un ratito.
-         ¡No importa!
Mientras espero fuera del coche la llegada de las piezas del kayak, no cesan de llegar vehículos. Paran lo más cerca de la arena, un momentito, y descargan mesas, sillas, neveras, toldos, sombrillas, suegras, niños, madres, cuñados, primos… y se van a buscar aparcamiento.
Son las once de la mañana, el sol comienza a calentar y el “desembarco de Normandía” no cesa.
Nos alejamos a toda velocidad, estoy deseoso de llegar a mi patio, buscar la sombra, bañarme en mi Toi de 2,44 m. y saborear un bocata de jamón, tranquilamente.
Primo, otra vez quedamos por la tarde-noche, y recuérdame:
¡Qué no sea domingo!
 
 
 
 

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